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Dos vecinos, una oportunidad desperdiciada

La Prensa Panamá Global
Dos vecinos, una oportunidad desperdiciada
Panamá y Costa Rica llevan semanas protagonizando uno de los episodios más costosos e innecesarios de la diplomacia centroamericana reciente. Un diferendo comercial sobre banano, piña, lácteos y carne —productos cuyo valor en disputa no supera el 0.1% del PIB de ninguno de los dos países— ha escalado hasta la suspensión de ventas de electricidad, declaraciones presidenciales de alto voltaje y la activación de mecanismos diplomáticos de emergencia. La desproporción es tan evidente que obliga a preguntarse: ¿están sirviendo a los intereses de sus ciudadanos o a los de sus productores mejor organizados políticamente? Seamos directos. Panamá tiene un fallo de la OMC en su contra y ha optado por apelar mientras mantiene las restricciones. Costa Rica, con razón jurídica de su lado, decidió convertir un litigio técnico en una crisis de Estado. El resultado es que ambos países están quemando capital político, dañando su reputación como destinos de inversión y distrayendo energía institucional de problemas que sí importan, todo por proteger a unos pocos sectores que, en cualquier economía abierta y competitiva, deberían enfrentarse al mercado. La solución es simple y debería implementarse esta misma semana: acordar someter el diferendo a un panel técnico bilateral con árbitros aceptados por ambas partes —fuera de la OMC, si es necesario—, con un plazo definido y un resultado vinculante. Punto. Los productores que tengan razón técnica y sanitaria la demostrarán. Los que no, deberán adaptarse. Eso es exactamente para lo que sirven las instituciones. Pero lo verdaderamente urgente no es resolver el diferendo. Es no perder la oportunidad histórica que este ruido está ocultando. Panamá y Costa Rica son las dos economías más estables, más abiertas y mejor gobernadas de Centroamérica. Ninguna de las dos expulsa a su población: no hay éxodo de panameños ni de costarricenses cruzando fronteras en condiciones inhumanas. Eso no es casualidad: es el resultado de décadas de instituciones funcionales, apertura comercial y respeto a la inversión privada. Son los únicos dos países de la región que han entendido que el libre comercio no es una concesión a los poderosos, sino el mecanismo más eficiente que existe para sacar a la gente de la pobreza. Precisamente por eso, el potencial de una integración económica profunda entre ambos países es extraordinario. Hablamos de dos economías que juntas superan los $180,000 millones en PIB. Una zona de libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas entre Panamá y Costa Rica crearía un mercado integrado que duplicaría la escala para los inversionistas, diversificaría la oferta exportadora de ambos, reduciría costos logísticos en toda la cadena productiva y generaría un polo de atracción de inversión extranjera directa sin precedentes en la región. La complementariedad es casi perfecta: Panamá aporta servicios financieros, logística, el Canal y posición geográfica; Costa Rica aporta manufactura de precisión, tecnología, agroindustria exportadora y capital humano altamente calificado. Juntos serían un destino de clase mundial. Separados por peleas de piñas y plátanos, son simplemente dos países medianos con una vecindad desperdiciada. Los presidentes Mulino y Fernández tienen ante sí una decisión histórica. Pueden seguir siendo rehenes de los grupos de interés que se benefician del proteccionismo —la verdadera fábrica de pobres— o pueden mirar hacia adelante y construir algo que sus países recuerden como el momento en que eligieron crecer juntos. El mundo premia la integración. La historia condena el provincialismo. Toca decidir. El autor es vicepresidente de la Fundación Libertad.
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