“Agua hay… lo que hace falta es que sea apta para el consumo humano. Hace más de 50 años se escucha el clamor de poblaciones en distintas regiones del país que piden solución para acceder al vital líquido. La hidrografía nacional registra la existencia de 500 ríos en el país: 150 en la vertiente del Caribe o Atlántico y 350 en la del Pacífico. Son suficientes para abastecernos del líquido necesario, sin que los ciudadanos tengan que vivir sufriendo como si estuviéramos en países del norte, centro o sur del Sahara africano. Distintos gobernantes que han llegado al poder prometieron en sus campañas políticas solucionar un tema tan elemental como humano, pero desistieron de sus promesas, ya que no es atractiva la tarea. Como no se trata de megaobras que producen réditos en mordidas para quienes administran el aparato estatal, estas no avanzan y el obstáculo no se vence. En Panamá hemos logrado un equilibrio digno de estudio: el agua está, pero no se debe consumir en la condición en que se encuentra. Un logro político y técnico que merece reconocimiento. Porque no es lo mismo tener agua que tenerla llena de bacterias y microorganismos que no la hacen apta para el consumo humano, producto de los cuales media población padece parasitosis y Helicobacter pylori . El estómago de los pobres, que no tienen en su presupuesto comprar garrafones de agua, no funciona igual que el de quien cuenta con recursos económicos suficientes para desparasitarse. Son aspectos que no repiten con la misma solemnidad las retahílas televisivas. “Allí está el detalle”, como diría el célebre comediante mexicano Cantinflas. Usted abre el grifo o llave de paso y, si tiene suerte, sale agua turbia o dudosa por el color. Eso nos lleva a recordar lo que desde los claustros escolares nos enseñaron: que el agua debe ser incolora, insípida e inodora. Nos percatamos de que, para muchas “autoridades electas”, existe el concepto de que, si chorrea, el problema está resuelto. ¡Cambio y fuera! Mientras tanto, los ríos hacen su parte, o más bien sobreviven, después de las descargas de excretas de las fincas de porcinocultores, tanques sépticos y cientos de toneladas de basura que arrastran los alcantarillados de las poblaciones, además de cuanto inescrupuloso quiera sumar contaminación. Son cochinos que, a pesar de las muchas leyes existentes en el país, pocas autoridades se atreven a sancionar. Existen poblaciones a orillas de fuentes acuíferas que no pueden aprovecharlas en ningún sentido por sus aguas pastosas y malolientes. Solo son criaderos y receptáculos de vectores que producen enfermedades como la chikunguña, el dengue y la malaria. Tenemos nueve meses de estación lluviosa, que son la envidia de países desérticos. Mientras los dictámenes de salud, en distintos gobiernos, indican “agua no apta para el consumo humano”, las autoridades se hacen de la vista gorda. Saben claramente que muchos tendrán que ver cómo hacen para cocinar, bañarse y efectuar el supuesto aseo con esa misma agua. Para algunas rancias figuras de la clase económica pudiente, cada uno debe resolver “su insignificante problema de cómo cocinar, beber o vivir”, después de que el Estado ya les resolvió a ellos el problema. Ahora bien, si en realidad nos interesa una solución, observemos que la Autoridad del Canal de Panamá lleva un siglo administrando la producción de agua potable sin ningún tinte político partidario. Entonces cabe una reflexión clara: “zapatero, a tus zapatos”. No se trata de nombrar a cualquiera, sea el primero, el segundo o el tercero. Si propugnamos con amor por lograr un país donde el ganar-ganar sea la tónica, nombremos a los mejores técnicos, sin banderas partidarias, que los hay y con la experiencia requerida. La nación lo merece. Así el agua no faltará al humilde, sino que podríamos producirla hasta para exportar, con una de las mejores calidades del mundo. La política de Estado no debe ser solo para repartir, inaugurar y cobrar, una versión muy común del actuar de muchos políticos en el poder. Politólogo, diplomático, ambientalista y escritor.
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