“A lo largo de mi vida he visto algo que siempre me ha llamado la atención: personas educadas, con estudios, con buena formación e incluso con prestigio, perdiendo el control de sí mismas en un segundo. No importa cuántos títulos tengan ni cuánta experiencia acumulen. Basta una ofensa, una frustración o un mal momento para que reaccionen sin pensar, arrastradas por una emoción que llega antes que la razón. Ese segundo de descontrol, de perder su centro o, como decía mi abuelita, “la dulzura del carácter”, puede destruir lo que tomó años construir. Una palabra mal dicha, un gesto agresivo o una decisión impulsiva, y la vida cambia para mal. Uno puede terminar destruyéndose a sí mismo. Una reputación, una familia o un futuro pueden romperse en un instante. Y lo más sorprendente es que esto no ocurre por ignorancia. No es falta de educación. Es que el conocimiento no protege a nadie del poder de sus emociones. Después de vivir tantos años, he aprendido muchas cosas fuera de la escuela y fuera de mi casa. Recuerdo que mi padre me decía, cuando yo ya era un adulto casado: “No te dejes llevar por la emoción, sino por la razón”. La vida misma me ha enseñado, al observar el comportamiento humano —sin haber estudiado psicología, disciplina de la cual conozco muy poco—, que todos, absolutamente todos, podemos perder el control si no aprendemos a detenernos a tiempo. Cuando la emoción manda La ciencia lo explica de forma sencilla: el impulso nace en la parte emocional del cerebro, que reacciona más rápido que la parte racional. Por eso, cuando alguien se siente ofendido o provocado, la emoción se adelanta y la razón llega tarde. No es maldad. No es falta de inteligencia. Es simplemente cómo funciona el ser humano. Pero la madurez consiste en no dejar que esa reacción automática decida por nosotros. El segundo que lo cambia todo He visto a personas que conozco —gente amable, tranquila y educada— transformarse en cuestión de segundos en alguien irreconocible. Basta un comentario, una frustración o una provocación para que una emoción intensa tome el control y convierta a una persona agradable en una versión distorsionada de sí misma, casi un monstruo momentáneo. En esos momentos, uno quisiera ponerles un espejo enfrente para que vieran lo que nosotros vemos: un rostro cambiado por la ira, una actitud que no se parece en nada a su forma habitual de ser. Estoy seguro de que, si pudieran verse en ese instante, se arrepentirían profundamente. Porque esa persona con el rostro desfigurado que aparece en el espejo también es parte de ellos, pero es la parte que deben aprender a controlar. Lo vemos todos los días En Panamá lo vemos a diario: Peleas de tránsito que terminan en violencia. Discusiones familiares que se vuelven irreparables. Funcionarios que pierden respeto por responder con prepotencia. Jóvenes que dañan su futuro por un arrebato. Personas que publican cosas en redes sociales que luego destruyen su imagen. La impulsividad no es solo un problema personal: es un problema social. Una sociedad donde muchos reaccionan sin pensar es una sociedad frágil y agresiva. Saber no es lo mismo que poder Una persona puede saber de ética, derecho, psicología o liderazgo y, aun así, fallar en el momento clave. ¿Por qué? Porque el control de los impulsos no es un conocimiento; es una habilidad emocional. Y, como toda habilidad, se aprende con práctica y con conciencia. No basta con saber qué es lo correcto. Hay que ser capaz de hacerlo cuando más cuesta. El autor es exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia.
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