““Nunca juegues limpio en un juego donde otros hacen trampa”. La frase, atribuida popularmente al pensamiento crudo y pragmático de Nicolás Maquiavelo, incomoda porque confronta una realidad que muchos prefieren maquillar. En el contexto político latinoamericano —y particularmente en Panamá, con ecos muy claros en Colón— no es una exageración: las reglas existen más en el discurso que en la práctica. Ejemplos sobran: licitaciones cuestionadas, uso discrecional de fondos públicos, redes de favores políticos… un tablero donde, siendo honestos, no todos juegan limpio. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué pasa con quienes sí deciden hacerlo? La respuesta no es romántica. Muchas veces quedan rezagados, son vistos como ingenuos o, peor aún, como débiles. En un sistema donde la astucia se confunde con la trampa, la integridad puede parecer una desventaja competitiva. Sin embargo, tampoco se trata de cruzar la línea y justificar lo injustificable. Porque si todos terminan jugando sucio, el sistema deja de ser imperfecto para convertirse en inviable. En medio de ese panorama, ciertos procesos recientes —como las investigaciones promovidas desde la Contraloría— han empezado a generar una sensación incipiente de consecuencia. Más allá de simpatías o antipatías personales, lo cierto es que por primera vez en mucho tiempo algunos sectores perciben que hay, al menos, intentos de justicia. Y eso cambia el tablero. No lo limpia por completo, pero introduce una variable nueva: el riesgo de ser descubierto. Aquí es donde la reflexión se profundiza. La verdadera lección no es volverse corrupto para sobrevivir, sino dejar de ser ingenuo. Comprender cómo se mueve el poder, identificar las dinámicas reales —no las ideales— y aprender a protegerse sin traicionar los propios límites. Porque, al final, no siempre gana el más correcto, sino el que sabe moverse sin perderse del todo. Y ese matiz es clave. Esta idea dialoga directamente con otra máxima clásica, atribuida a Sun Tzu: “conoce a tu enemigo”. Puede sonar a consigna de guerra, pero en realidad es una advertencia estratégica profundamente vigente. No se puede actuar con inteligencia sin entender a quién —o a qué— se tiene al frente. Y aquí viene un punto esencial: el “enemigo” no siempre es una persona. En contextos como el nuestro, muchas veces es un sistema, una estructura, una cultura política arraigada. A veces es la normalización de la corrupción, la doble moral que juega a dos bandos o incluso nuestras propias debilidades: la ambición desmedida, el miedo a quedarse fuera, la necesidad de pertenecer. Conocer al enemigo no es solo identificar sus acciones, sino comprender sus motivaciones. Saber qué lo mueve, qué lo asusta, qué está dispuesto a perder y, sobre todo, hasta dónde es capaz de llegar. Porque en política —como en la vida— todo tiene un precio. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a pagarlo. Y ahí es donde la reflexión se vuelve incómoda, pero necesaria. Porque conocer el juego también obliga a definirse dentro de él. No basta con entender la trampa; hay que decidir qué tipo de jugador se quiere ser. ¿Se adapta uno al sistema? ¿Lo confronta desde dentro? ¿O intenta, contra toda probabilidad, construir algo distinto? No hay respuestas fáciles. Lo que sí es claro es que la ingenuidad, en estos entornos, se paga caro. Pero también se paga —y a veces más— la pérdida total de principios. Por eso, el verdadero reto no es elegir entre pureza e inteligencia, sino encontrar un equilibrio entre ambas: no ensuciarse, pero tampoco dejarse arrastrar. En última instancia, la pregunta que queda flotando no es si hay reglas o no —porque sabemos que muchas veces no se respetan—, sino si estamos dispuestos a asumir el costo de nuestras decisiones. Porque en este juego, más allá del poder o el resultado, lo único verdaderamente irreversible es en quién nos convertimos mientras lo jugamos. La autora es abogada.
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