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Las fases de vida de mi ropa…

La Prensa Panamá Global
Las fases de vida de mi ropa…
Todo empieza como empiezan los grandes sueños: con ahorro, expectativa y una dosis de disciplina que raya en la tacañería. Uno pasa frente al local comercial varias veces, como quien corteja en silencio. La prenda está ahí, colgada con una dignidad casi aristocrática, lanzando un mensaje subliminal: “Llévame, estoy hecha para ti”. Y uno, en un ejercicio de resistencia financiera, guarda el dinero y posterga gastos esenciales hasta que finalmente ocurre el encuentro. La compra no es una simple transacción; es una conquista con todas las de la ley, como decimos en buen panameño. El primer uso es ceremonial. Estrenamos la pieza con una mezcla de orgullo y nerviosismo infantil. Caminamos distinto, nos sentimos distintos. Incluso llegamos a sospechar que el mundo nos mira con admiración renovada, aunque la cruda realidad sea que nadie nos presta la menor atención. Pero no importa: nosotros sí lo hacemos. La prenda entra así en su primera fase: la Edad Dorada. Durante dos o tres años —dependiendo del tejido, la agresividad del detergente y ciertas decisiones cuestionables frente a la lavadora— la pieza vive su apogeo. Sale a reuniones, paseos y citas memorables. Se convierte en testigo mudo de versiones nuestras que también van mutando con el calendario. Se adapta a nuestros días de gloria y a nuestras jornadas de derrota. Y nosotros, sin darnos cuenta, empezamos a quererla más allá de lo razonable, otorgándole un valor sentimental que ninguna etiqueta de precio podría justificar. Hasta que un día ocurre lo inevitable: aparece el primer huequito. Pequeño, discreto, casi tímido, pero devastador. Ese agujero no solo rompe la fibra; rompe una ilusión. Es el inicio de la segunda fase: la negociación emocional. Es el momento en que empezamos a mentirnos descaradamente: “No es nada”, “nadie lo va a notar”, “es estilo vintage ”. Y seguimos usándola. Quizás ya no para una gala en el Teatro Nacional, pero sí para mandados rápidos o visitas al supermercado. Aquí entra en juego el discurso ambiental: “estoy reutilizando”, decimos con un orgullo ecológico. La prenda entra entonces en su fase de resiliencia, resistiéndose a morir, relegada a los domingos de series en el sillón. Sin embargo, el tiempo es un juez implacable. El pequeño hueco se multiplica, la tela pierde firmeza y la prenda empieza a desintegrarse con una lentitud agónica. Llega entonces la fase de la transformación utilitaria. Lo que antes fue una camiseta impecable desciende a la categoría de trapo. Pasa de cubrir el cuerpo con elegancia a convertirse en un instrumento de limpieza. Y uno, que antes la trataba con delicadeza, ahora la exprime sin piedad para secar el piso. Hay algo profundamente filosófico en esto: la prenda deja de ser símbolo para convertirse en herramienta. Por último, cuando ya ni para trapo sirve, cuando la tela expira y se deshilacha al menor contacto, llega la etapa final: la herencia doméstica. En muchas casas, la prenda termina como el juguete predilecto de la mascota. Una nueva vida inesperada. El perro la muerde, la arrastra y la convierte en un trofeo de guerra. Yo contemplo la escena con una mezcla de nostalgia y resignación, sintiéndome como un “vampiro abstemio” —en honor a aquel grupo de rock panameño—, observando cómo el tiempo se consume entre telas. Pues somos lo que vestimos, pero también somos aquello que dejamos convertirse en trapo; una metáfora textil de nuestra propia existencia, donde lo que ayer fue lujo hoy es simplemente el juguete de un cachorro juguetón. El autor es educador, abogado y periodista.
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