“De la madera torcida de la humanidad, jamás se ha hecho algo recto. Cuando Immanuel Kant escribió estas palabras en 1784, nos entregó una de las verdades más sobrias de la filosofía. Siglos después, nuestros políticos aún no parecen haber aprendido la lección. Nos continúan vendiendo, en cada ciclo electoral, visiones utópicas como si la naturaleza humana fuera barro esperando ser moldeado a la perfección. Observemos las grandes promesas revolucionarias del siglo pasado. Desde el “Hombre Nuevo Soviético” hasta la visión del Che de transformar al latinoamericano en un ser desinteresado y revolucionario, la historia está sembrada de proyectos que asumían que la naturaleza humana podía rehacerse desde arriba. Por supuesto, los resultados fueron catastróficos: decenas de millones de muertos, economías destruidas, sociedades fracturadas. Todo porque alguien creyó que la madera torcida podía enderezarse aplicando suficiente fuerza política. El error fundamental es siempre el mismo: los políticos tratan la imperfección humana como si fuera un defecto corregible, en lugar de una característica permanente que el buen diseño debe tomar en cuenta. Ven la pobreza y proclaman: “La eliminaremos” Ven el crimen y prometen: “Lo acabaremos” Ven el egoísmo y declaran: “Transformaremos al ciudadano” Metas nobles, quizás. Pero construidas sobre arena. La realidad es que los seres humanos somos imperfectos. Somos interesados, apasionados, irracionales y propensos al error. Priorizamos a nuestra familia sobre los extraños. Elegimos con frecuencia la gratificación inmediata sobre el beneficio a largo plazo. Sostenemos creencias contradictorias. Somos movidos tanto por la emoción como por la razón. Esto no es una condición temporal que espera ser corregida por el programa gubernamental “correcto”. Es la realidad permanente de la especie. Y aquí está el punto que se pierde con más frecuencia: reconocer nuestra naturaleza torcida no es un argumento para el cinismo. Es un argumento para el buen diseño. Lo increíble de los mercados no está en que requieran personas perfectas, sino en que logran canalizar el interés propio hacia fines productivos. La belleza de los frenos y contrapesos no está en que requiere asumir políticos nobles, sino que deben asumir políticos corruptos y construir sobre esa realidad. La sabiduría del gobierno limitado no es que dude del potencial humano, sino que duda de su perfectibilidad. Panamá nos ofrece hoy un ejemplo pequeño pero preciso. Las plataformas de transporte por aplicación llegaron, compitieron, y le dieron al usuario común algo que el taxi amarillo nunca ofreció: precio transparente, conductor identificado, numero de placa, ruta rastreable, y rendición de cuentas automática. El mercado hizo lo que el mercado hace cuando se le permite funcionar. Entonces llegó el Decreto Ejecutivo N° 10, firmado el 16 de abril. La norma no se presentó como protección al gremio establecido, sino como modernización del servicio. Pero entre sus disposiciones figuraba un requisito que lo decía todo: los conductores deberían obtener el aval de las organizaciones prestatarias de transporte tradicional, las mismas que ven en las plataformas una amenaza existencial. La madera torcida no tardó en encontrar su camino dentro del aparato regulatorio. No porque quienes lo redactaron sean necesariamente corruptos, sino porque son humanos, y los humanos responden a incentivos. El decreto duró cuatro días. Pero anunció que una mesa de trabajo tendrá 90 días para redactar una nueva norma, una mesa compuesta solo por entes del sector gobierno. La madera torcida no desapareció. Solo consiguió un break . La próxima vez que un político prometa perfeccionar la sociedad, recuerden a Kant. Podemos mejorar. Podemos construir mejores instituciones. Pero el progreso llega de forma incremental, a través del ensayo y el error, no a través de grandes esquemas redentores. Y cualquier programa político construido sobre el supuesto de que la naturaleza humana puede rehacerse está destinado no solo a fallar, sino a causarle un enorme daño precisamente a quienes prometía salvar. El autor es director de la Fundación Libertad
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