skipToContent
🌐All

Memorias de un arresto en tiempos de Manuel Antonio Noriega

La Prensa Panamá Global
Memorias de un arresto en tiempos de Manuel Antonio Noriega
En la mañana del 3 de octubre de 1989, un grupo de oficiales de las llamadas Fuerzas de Defensa de Panamá ejecutó un fallido golpe contra el entonces general Manuel Antonio Noriega. Los militares golpistas de aquella época lograron mantener como rehén a Noriega por espacio de unas cuatro horas. Finalmente, fueron sometidos, torturados y luego ejecutados a manos del propio Noriega y sus todavía leales subalternos. Entre tanto, ese mismo día, en horas de la tarde, circunstancialmente, yo viajaba en un autobús de la ruta Panamá-David. Venía de visitar a mi padre enfermo en Aguadulce y me dirigía de regreso a casa en David. En la garita de control policial en el río Risacua, el bus fue detenido y abordado por varios miembros del G-2 y algunos militares armados hasta los dientes. A cada uno de los pasajeros nos exigieron, en tono amenazante, que les mostráramos la cédula de identidad. Al observar la mía, uno de los agentes me miró con detenimiento y me ordenó que abriera el maletín de mano, el cual luego procedió a revisar superficialmente con el cañón del arma que portaba, hasta que se topó con un par de libros, los cuales sacó y ojeó con un poco más de detenimiento y curiosidad. Con la cédula en la mano y mirándome fijamente a los ojos, me conminó a bajar del vehículo. Yo obedecí, no sin antes mencionar varias veces mi nombre en voz alta para conocimiento de los demás pasajeros y del propio conductor del bus, quienes permanecieron en silencio, atónitos y expectantes. Por lo visto, esta acción de mi parte hizo encolerizar al agente, quien terminó conminándome a bajar a empujones del vehículo, en duros términos. Fui el único al que bajaron del bus. En la garita de control de Las Lomas fui esposado y trasladado luego al Cuartel Central de David , en un viejo sedán color celeste sin placas, escoltado en el asiento trasero por dos agentes del G-2. Recuerdo que, en el trayecto, me encomendé a Dios, pidiéndole encarecidamente que solo me diera fuerzas para resistir cualquier cosa que me pudiera pasar. Al llegar al cuartel, me hicieron entrar por una puerta posterior, en el área de estacionamientos, hacia un salón en el que se encontraban en espera unos ocho hombres de pie, algunos de civil con camisetas alusivas a un partido político, la mayoría armados con fusiles y pistolas al cinto. Uno de ellos se acercó, me soltó las esposas y luego ordenó que vaciara los bolsillos sobre la mesa. Luego, de manera alterna, comenzaron a vociferar, y tal parece que se turnaban para insultarme. Imagino que, pálido como una hostia, me concentré en observar sus rostros, escuchando con atención sus insultos. Aunque paralizado por el miedo, pues sentía la garganta huérfana de saliva, logré grabar en mi memoria los rostros de cada uno de ellos con sorprendente claridad, especialmente el del que parecía el cabecilla o jefe del grupo: un G-2 de baja estatura, de tez clara, pelo castaño largo y ojos verdosos inyectados de sangre, quien parecía el más molesto por mi actitud de aparente serenidad. Me abofeteó y luego me golpeó un par de veces en las costillas. Los demás se burlaban y gritaban improperios vulgares, diciéndole que continuara golpeándome, al tiempo que me acusaban de sedicioso y de ser miembro de la Cruzada Civilista. Poco más tarde me volvieron a colocar las esposas y me condujeron al vestíbulo del cuartel, con mis pertenencias (un maletín con ropa, enseres de uso personal y algunos libros). En ese momento pude reconocer al oficial que estaba de guardia en ese turno, quien, sin mayores miramientos, volvió a revisar el maletín y tomó mis datos generales. Se trataba del padre de una joven profesional a quien, en cierta ocasión, ayudé al recomendar su nombramiento para el puesto de gerente, cuando fui presidente de una cooperativa en Chiriquí. Seguro de que él sabía quién le hablaba, le pedí, por favor, que me permitiera realizar una llamada. Me contestó que sí, que nada más le pidiera al otro oficial que estaba adentro. Le di las gracias y, al entrar, reiteré mi solicitud conforme a lo indicado al oficial encargado, quien, de manera burlona, sonrió diciendo que eso se pedía allá afuera. A todo esto, mi esposa y mis hijos desconocían mi paradero. Además, curiosamente, ninguna persona de las tantas que venían en ese bus, algunas conocidas por mí, se tomó la molestia de informar a mis familiares de lo sucedido. Inclusive, el propio conductor del bus, con quien mis familiares lograron establecer contacto, le negó a mi esposa que yo hubiese viajado en ese transporte. Al igual que en el resto del país, las calles estaban desiertas en David. El toque de queda imperaba. Mi esposa no sabía dónde más acudir. Decidió llamar al cuartel, donde le negaron mi presencia. Hoy comprendo que ese día el miedo hizo olvidar el incidente a todos los que fueron testigos del hecho. Como era de esperarse, la celda #7 a la que fui asignado resultó ser un cubículo maloliente de tres metros de largo por dos de ancho, en donde se encontraban recluidas 17 personas; conmigo, 18. Al entrar, se me ocurrió decir “buenas noches”. Por supuesto, nadie me contestó. Sentí que los reclusos me observaban con mirada escrutadora y desconfiada. El hierro oxidado de los barrotes había empezado a corroer el alma de todos esos hombres, pensé. Supe que allí había un par de convictos por drogadicción y narcotráfico, un capitán de un pequeño barco camaronero, un miembro del cartel de Cali llamado Tony, vinculado a varios asesinatos por encargo, y un joven de 20 años, chiricano de apellido Bandini, que al parecer me conocía. También había un grupo de presos políticos, entre ellos un dirigente arnulfista del área de las fincas bananeras de Puerto Armuelles. Otro era miembro del partido de la estrella verde, un taciturno y silencioso hombre de mediana edad y tez blanca, cuya vida, millonaria en padecimientos, había logrado apolillar su organismo y también sus nervios. Otro, con la piel pegada a los huesos, se la pasaba todo el tiempo acuclillado en un rincón apartado de la celda, sin hablar con nadie y leyendo una Biblia de hojas desgastadas por el uso. El calor y la humedad eran sofocantes en ese reducido espacio. Pegado a los barrotes, decidí sentarme sobre mi maletín a cavilar sobre mi situación, tratando de evitar la salpicadura de agua por el goteo intermitente de una pluma cercana. José, uno de los dirigentes políticos, que tenía ya varios meses de estar allí detenido, al igual que la mayoría, sin motivo ni razón, fue quien me puso al tanto de quién era quién en la celda y de los cuidados que debía tener con cada uno de ellos. Al igual que sus compañeros, José se notaba ansioso y apesadumbrado por la situación incierta que vivía el país, agravada por los últimos acontecimientos ocurridos en la capital. En algún momento, un policía comenzó a golpear los barrotes de cada celda con el tolete. Pronto entendí que esa era la señal para salir a comer. Por cierto, para poder hacerlo, era menester que cada recluso tuviese un envase plástico (de esos de helado), los cuales eran valorados por los presos como oro en polvo, pues allí era donde a cada quien le servían un poco de arroz blanco apelmazado en forma de guacho. A los que no contaban, como yo, con ese preciado utensilio, les servían directamente en las manos. Durante el tiempo que estuve detenido, no probé un bocado. Me quedaba en la celda observando a los demás hacer fila para recibir su ración. Por suerte, no llegué a sentir hambre. Solo tomaba agua de una pluma ubicada dentro de la celda, en una esquina, donde además estaba el orinal, consistente en un hueco de desagüe en el piso limoso. Después de la cena, los presos se formaron en el patio para el habitual pase de lista. Un policía se acercó y me dijo, en tono altanero, que debía salir y formarme con los demás y que, si seguía haciéndome el hombrecito con esa huelga de hambre, me obligarían a comer excremento. Para esas alturas, tenía ya el olor a cárcel impregnado en la ropa. Mientras todos dormían en precarias e improvisadas hamacas confeccionadas con ligas de caucho de tubos de llantas y sacos entrelazados colgados de los barrotes, yo pensaba en mi esposa, en mis hijos y en mi padre enfermo. A la mañana siguiente, Milcíades, el capitán de barco que estaba preso por supuesta vinculación a un trasiego de drogas en alta mar, me informó que había escuchado mi nombre en Radio Impacto, donde se había hecho la denuncia de mi detención. Ahora me sentía más tranquilo, pues eso significaba que mis familiares ya sabrían de mi paradero. Me interesé por conocer cómo se habían enterado y me mostraron una pequeña radio, prácticamente hecha añicos, la cual desarmaban y guardaban por separado para que no se la decomisaran los guardias durante las requisas. Solo la utilizaban para escuchar transmisiones en horas de la madrugada, a muy bajo volumen. El mandamás de la celda #7 y del pabellón en que nos encontrábamos era Tony. Tenía los brazos y el torso llenos de tatuajes. No hablaba mucho; le bastaba utilizar su mirada intimidante para hacerse respetar. Todos conocían su prontuario delictivo, que incluía haber cometido varios asesinatos vinculados al mundo de las pandillas. Pasaba horas enteras sin hablar con nadie, entretenido haciendo artesanías muy interesantes, utilizando para ello bolsas plásticas comunes, las cuales derretía sobre la base de una lata que servía de molde, logrando así unos medallones a los que luego, una vez enfriados y solidificados, les realizaba incisiones con la uña o con cualquier otro objeto disponible, creando excelentes dibujos en bajo relieve, que más tarde coloreaba con polvo de pintura raspado de la parte alta de las paredes de la celda que aún conservaban el color original. Me sorprendió observando. De pronto, tomó el medallón que acababa de terminar y me lo obsequió, explicando con naturalidad el significado del dibujo que había realizado. En verdad, sus palabras fueron de gran aliento para mí. Aún hoy conservo, en un lugar destacado de mi taller de pintura, ese obsequio de Tony, en el que se aprecia una paloma mensajera con una rama de olivo y el sol resplandeciente sobre sus alas. Sus palabras fueron: “No te preocupes, pronto estarás en libertad, al igual que esta paloma, y seguirás llevando el mensaje”. A media mañana del tercer día de cautiverio recibí la visita del padre Fucsinni (q.e.p.d.), quien me informó sobre las acciones legales que se estaban realizando para lograr mi liberación. En la noche de ese mismo día, me ordenaron salir con todas mis pertenencias. Me despedí de todos mis compañeros de infortunio y, antes de salir, abrí mi maletín y empecé a regalarles una camiseta a uno, un pantalón a otro; en fin, me quedé solo con los libros, pensando que a ninguno de ellos les interesarían. No obstante, me acerqué a Tony y le pregunté si le gustaría leer alguno de ellos. Sonrió agradecido y escogió El hombre mediocre, de José Ingenieros, el cual me pidió que le dedicara. El mismo agente del G-2 de pelo castaño y ojos claros me trasladó luego de mi salida del cuartel, a eso de las ocho de la noche, a la parte posterior de un jeep color crema. Pude observar esta vez con mayor claridad su rostro pálido en el momento en que me encañonó con su arma, mientras a su lado el conductor ponía en marcha el vehículo. Sentí un escalofrío y llegué a pensar que me iban a matar. A mi mente, en rápidas y relampagueantes escenas, llegó el recuerdo de Hugo Spadafora. Finalmente, estacionaron el jeep frente al municipio de David, donde se encontraban esperando mi esposa y varios amigos de aquella época. El domingo era día de visita en la cárcel, y decidí ir con mi esposa a visitar a mis nuevos amigos. Les llevamos algunas cosas de comer y unas cuantas revistas. El rostro de mis antiguos captores era de sorpresa; mientras que los reclusos me saludaban con entusiasmo a través de la malla. Años más tarde supe que Tony murió en Coiba, asesinado por otro recluso. Luego de la invasión, muchos de esos detenidos fueron trasladados a otras cárceles y los presos políticos quedaron en libertad. 37 años después de aquella desafortunada, pero enriquecedora experiencia, al contemplar en mi taller de pintura el medallón de Tony, me sentí en la obligación de escribir estos recuerdos, como un tributo de admiración y respeto a aquellos transitorios compañeros de infortunio.
Share
Original story
Continue reading at La Prensa Panamá
www.prensa.com
Read full article

Summary generated from the RSS feed of La Prensa Panamá. All article rights belong to the original publisher. Click through to read the full piece on www.prensa.com.