“Pessoa sentenció que su patria era la lengua portuguesa; Unamuno y Zambrano reclamaron lo propio para el español. Para el panameño, esa patria de palabras no se limita a los 75,000 kilómetros cuadrados del istmo, sino que se expande hacia una comunidad de 600 millones de almas en todos los continentes. En un país donde conviven 19 lenguas maternas, el español es el hogar del 90 por ciento de la población. En ese vasto territorio espiritual, la Academia Panameña de la Lengua (APL) cumple un siglo como el puesto de guardia que asegura que nuestra voz no se pierda en el ruido. El acta fundacional tiene dos pulsos. El primero ocurrió el 12 de mayo de 1926, cuando en Madrid se aceptó a Panamá en la familia de las academias . El segundo, el definitivo, fue el 9 de agosto, fecha de la primera reunión del pleno y del acta que marca nuestro centenario . La historia tiene un corazón previo: el 30 de diciembre de 1925, en la sala de espera de la Secretaría de Instrucción Pública, el fraile agustino recoleto Pedro Fabo convocó a los patriarcas del saber para sentar las bases. Fabo, navarro de origen pero forjado en las letras de Colombia, fue el catalizador que entendió que una república joven necesitaba el cimiento de la palabra. El clima de aquellos días no era de paz bucólica. Panamá hervía bajo la agitación política del Movimiento Inquilinario, una crisis social que enfrentaba a inquilinos y casatenientes, provocando incluso la intervención de tropas extranjeras, de Estados Unido. En ese escenario de tensiones, 18 intelectuales decidieron que la defensa de la lengua era un acto de soberanía tan urgente como la paz social. Depusieron intereses para edificar este templo de la cultura. Los fundadores de número fueron Samuel Lewis García de Paredes (director), Ricardo Miró (secretario), Eduardo Chiari (tesorero), Ricardo J. Alfaro, Guillermo Andreve, Abel Bravo, Jeptha Duncan, Demetrio Fábrega, Julio Fábrega Arosemena, Narciso Garay, José de la Cruz Herrera, Melchor Lasso de la Vega, Octavio Méndez Pereira, Eusebio A. Morales, José Dolores Moscote, Belisario Porras, Samuel Quintero y Nicolás Victoria Jaén . En cien años, la Academia ha sido un ejercicio de rigor extremo con poco más de 70 miembros numerarios. En ese grupo han convergido el poder y la cultura: cuatro expresidentes —Porras, Alfaro, De la Guardia y Royo— entendieron que gobernar el país es saber nombrarlo. Pero la verdadera savia reside en sus figuras cimeras: la vanguardia de Rogelio Sinán, la sensibilidad de Elsie Alvarado de Ricord y la profundidad de Tristán Solarte. A ellos se suman hoy puentes continentales como Sergio Ramírez, Leonardo Padura y la eminente filóloga mexicana Concepción Company Company, miembros correspondientes que validan a Panamá como nodo vital de la lengua. La APL es miembro de la federación de academias, creada en 1951, la ASALE (Asociación de Academias de la Lengua Española). Resguardada por el Convenio de Bogotá, de 1960, en el que hubo compromiso internacional de los Estados para la protección de su funcionamiento y legado. Entrar a La Casona de Bella Vista, templo de nuestra lengua, que se distingue entre rascacielos y el centro financiero, es encontrarse con el espíritu de Andrés Bello. El sabio venezolano es el custodio del recinto; su busto vigila el jardín y sus objetos personales habitan una sala que, junto a la biblioteca especializada, forma el núcleo de nuestra memoria. Esta sede es el laboratorio donde se ha legitimado el habla del istmo, elevando términos como mandamás, abuelazón y faracho a la categoría de universales. ¿Es una organización elitista? Es, más bien, meritocrática. Su aporte ha sido forjar una conciencia lingüística en un país multicultural que necesita brújula ante el asedio de los anglicismos. Frente a la ligereza de las redes sociales y la maluquera del patio, la Academia se planta con la hidalguía de 1926. En un mundo donde el español compite en primacía con el mandarín y el hindi, la APL asegura nuestra soberanía mental. Llegamos al centenario con la mirada en el futuro: la palabra es el único edificio que sostiene nuestra nación. ¡No pasarán! El brillo de la lengua es eterno. El autor es periodista y filólogo.
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